La caza en la antigua Roma

Vizzla

Fotografía cortesía de: Maritta Brigitta
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La práctica de la caza era libre entre los romanos, hasta el punto que, prácticamente, todos los habitantes de la gran ciudad eran cazadores, empezando por los fundadores de Roma: Rómulo y Remo. El poeta Virgilio en sus escritos, cantó los méritos cinegéticos de sus héroes Emilio, Panopo y Evandro.

Pero, en tiempos de la República y ante los nuevos conceptos de existencia, los romanos empezaron a considerar esta actividad, antaño relacionada con las necesidades alimenticias, como indigna de los hombres libres. Por consiguiente, la caza se confió, en esta época, a los esclavos, que cuidaban de abastecer a sus señores de piezas de toda clase.

Para ilustrar esta transformación, citaremos el término empleado por Salustio, historiador del siglo I antes de Cristo, que calificó la caza de “trabajo servil”, en el capítulo IV de su Catilina.

Sin embargo, se admite que, dada la enorme diferencia entre las clases sociales de la época, muchísimas personas laboriosas y pobres se entregaron a este ejercicio, más que por diversión, por la comida que procuraba.

En los albores de la época imperial, un nuevo giro volvió a modificar los conceptos, y sólo los hombres libres estaban autorizados para cazar, mientras que los esclavos  se veían privados de este derecho.

A partir de entonces, la caza se convirtió en un privilegio. Sin embargo, los burgueses, que gustaban de los tordos y de las codornices, no podían cazar estos pajarillos sin la ayuda de los esclavos, pues para ello tenían que emplear redes. El fastidioso manejo de estos artilugios pesados y engorrosos fue confiado a estos trabajadores.

De las especializaciones derivadas de las distintas operaciones de la caza nació una nuevo terminología, que dio a estos auxiliares el nombre genérico de Familia, mientras que los mozos que cuidaban de los perros eran llamados Vestigatores; los encargados de las redes y las trampas, Indicatores, y los batidores que empujaban la caza y remataban las víctimas, Pressores.

Las provincias se habían dividido ya en distritos, bajo el control y la jurisdicción de los procuradores, y empezó a florecer un comercio con el que se enriquecieron los mercaderes de piezas de caza. Conocemos estos hechos por Plinio, Varrón, Horacio, Plutarco, Séneca y otros muchos autores.

En esta época, la fauna era considerada Res nullius, es decir, cosa de nadie, o, dicho de otro modo, era del primero que se apoderase de ella. Gayo escribe a este respecto: “Omnia igitur animalia, quae terra, mari, coeli capiuntur, id es feroe, et volucres, pisces, capientum fiunt”. Las Instituciones de Justiniano confirmaron estas nuevas leyes, extendiéndolas incluso más allá de la caza propiamente dicha, puesto que abarcaban también los enjambres de abejas.

Estas eran, pues, consideradas como Res Nullius y sujetas a la occupatio, por idénticas razones que la caza. Nadie podía pretender tener derecho a un animal ya cazado.

Pero cuando adquirió forma la “propiedad privada”, el derecho de caza chocó con esta nueva noción. Aunque se reconoció el derecho del propietario a oponerse al de los cazadores, ” e incluso se le permitió intentar la acción injuriarum, reservada hasta entonces sólo a los cazadores,

“esta acción jurídica otorgada al propietario de una tierra sólo servía para afirmar el derecho de propiedad sobre su finca y para obtener  el resarcimiento de los perjuicios causados por el cazador, pero no le daba derecho a la presa, aunque ésta hubiese sido levantada y derribada en sus tierras”. (Midana)

A la caza, tan apreciada por los romanos, vino a sumarse la pasión por los juegos circenses. Séneca sostiene que presenciar el enfrentamiento de un joven atleta con un animal feroz constituye un bello espectáculo. Esta afición a los combates entre fieras y esclavos trajo desastrosas consecuencias para el equilibrio de la fauna africana.

“En tiempos de los romanos, Africa debía de poseer una prodigiosa cantidad de leones, puesto que aquellos conquistadores del mundo los hacían traer a centenares de aquella provincia, para las luchas del circo. Cuando el tirano Sila no era más que pretor, mandó traer de Africa cien leones machos, que aparecieron simultáneamente en el circo de Roma, luchando los unos contra los otros.

Pompeyo hizo una exhibición de seiscientos, de los cuales trescientos quince eran machos, y lo propio hizo César con cuatrocientos. Esta profusión se mantuvo hasta el reinado de Marco Aurelio; entonces, los leones se hicieron más raros y, aunque en tiempos del emperador Probo, en la segunda mitad del siglo III, se ofreció al pueblo un espectáculo en el que combatieron cien leones y cien leonas, con otros muchos animales, la especie del león empezó a menguar de tal manera, a causa de esta rápida destrucción, que se prohibió su caza a los particulares, por miedo de que el circo se viese privado de ellos.”

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