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lunes, 16 octubre, 2017
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El perro en el mundo antiguo

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Fotografía por cortesía de: Rob Koopman https://www.flickr.com/photos/koopmanrob/4144610129/ Detalle del Libro de los Muertos donde Anubis pesa las almas. El papiro mide 18 metros.

Fotografía por cortesía de: Rob Koopman
https://www.flickr.com/photos/koopmanrob/4144610129/
Detalle del Libro de los Muertos donde Anubis pesa las almas. El papiro mide 18 metros.

Los perros han formado parte de la historia de la humanidad desde mucho tiempo antes de la palabra escrita. Hallazgos hallados en el antiguo templo de Gobekli Tepe, en Turquía, que datan de alrededor de 12.000 años a.C. han proporcionado a los arqueólogos la evidencia de la existencia de perros domesticados.

Otra de las muestras que han puesto de relieve evidencias de domesticación canina en la antigüedad, es la Tumba de Natufian, que data de alrededor del 12.000 a.C., descubierta en Ein Mallaha, Israel, donde se hallaron los restos de un anciano enterrado con un cachorro.

Estos hallazgos pertenecían a la cultura Natufiense del Epipaleolítico Final y Mesolítico, posterior a la cultura Kebariense, que se extiende por toda la zona del Próximo Oriente, desde el Éufrates hasta Egipto y los desiertos situados al sur. Cronológicamente está situado entre el 10800 y 8300 a.C. aproximadamente (estas fechas no están calibradas; las calibradas, menos comunes, sitúan el horizonte cultural entre el 12500 y el 9500 a.C.).

También aparecen referencias a perros domesticados en la historia escrita más antigua: La Epopeya de Gilgamesh, conocido como Istubar, el quinto rey de Uruk, un personaje legendario de la mitología sumeria escrita en tablillas cuneiformes que se remontan a la época de la antigua Sumeria, del 2.150 a 2.000 a.C., en la que  se hace referencia a los siete perros de caza muy preciados que posee la diosa Innana, que está enamorada de él.

Otro relato sumerio donde aparece el motivo mistérico del descenso al inframundo de una deidad, seguido de su muerte, resurrección y el ascenso hacia el mundo cotidiano, es el texto conocido como El Descenso de Inanna, cuya antigüedad data de 1.775 a.C.

Este relato forma parte de un vasto ciclo de poemas, escrito sobre tablillas en lenguaje cuneiforme que fue reconstruido a lo largo del siglo XX por el famoso especialista en historia y lenguaje sumerio, Samuel Noah Kramer  quien a medida que se encontraron y tradujeron más tablillas, fue recomponiendo el antiguo mito.

En ellos se ofrece la insólita visión de una diosa que emprende con éxito tareas imposibles; no aparece como personaje secundario o accidental, ni está considerado como una parte del relato de Gilgamesh. En este relato, la diosa Inanna desciende hasta los infiernos para encontrarse con su esposo Dumuzi, que la espera con sus perros domesticados, que forman parte de su séquito real.

Otra gran epopeya cultural que destaca de manera significativa la importancia de los perros en la antigüedad, es el Mahabharata de la antigua India (aproximadamente 400 a.C).

Este texto épico-mitológico hace referencia en la parte final del relato, a la historia del rey Yudisthira, quien muchos años después de la batalla de Kurukshetra, realiza una peregrinación a su lugar de descanso final. En el camino le acompaña su familia y su perro fiel. Uno por uno los miembros de su familia mueren por el camino, pero su perro se mantiene a su lado.

Cuando finalmente, Yudisthira alcanza las puertas del paraíso es acogido por la buena y noble vida que ha vivido, pero el guardián de la puerta le dice que el perro no está permitido en el interior. Yudisthira se sorprende de que a tan leal y noble criatura no se le permita subir a los cielos, y decide quedarse con su perro en la tierra, o incluso ir al infierno, en vez de entrar en un lugar donde no tiene cabida  su perro.

Entonces el guardián de la puerta le dice a Yudisthira que era sólo una última prueba de su virtud, y que, por supuesto, el perro era también bienvenido.

Existen algunas versiones de este cuento que cuentan que el perro se convirtió en el dios Vishnu, el preservador, que había estado observando durante toda su vida a Yudisthira, vinculando así la figura del perro directamente con el concepto de Dios.

Fotografía cortesía de: Rob Koopman https://www.flickr.com/photos/koopmanrob/3969485182/ Estela con el Dios de los Muertos, Osiris y el can Anubis

Fotografía cortesía de: Rob Koopman
https://www.flickr.com/photos/koopmanrob/3969485182/
Estela con el Dios de los Muertos, Osiris y el can Anubis

La relación del perro con los dioses y la lealtad de los perros hacia los seres humanos se analiza con más detalle en otras culturas.

En el antiguo Egipto, el perro estaba relacionado con el dios chacal Anubis, quien guiaba el alma del difunto hasta la Sala de la Verdad, donde el alma era juzgada por el gran dios Osiris.

Los perros domesticados fueron enterrados con grandes ceremonias en el templo de Anubis en Saqqara, lo que nos sugiere que estos actos se realizaban para propiciar y ayudar a los perros fallecidos a pasar fácilmente a la otra vida (conocida en Egipto como el Campo de los Juncos) donde podrían seguir disfrutando de su vidas como lo habían hecho en la tierra.

Numerosos restos arqueológicos revelan que los perros ocupaban un destacado lugar en la vida de los antiguos egipcios. Los perros eran muy apreciados en el antiguo Egipto (en egipcio antiguo iu, o también tyesem) y formaban parte de la familia.

Cuando un perro moría, la familia, si podía permitírselo económicamente, momificaba a su perro con el mismo cuidado que a una persona de la familia y mostraba su duelo afeitándose las cejas en señal de dolor (ritual que también seguían tras la muerte de sus gatos).

En la famosa Tumba  del faraón Ramsés hay pinturas que lo representan con sus perros de caza (posiblemente en el Campo de los Juncos) y los perros a menudo eran enterrados con sus amos para seguir haciéndoles compañía en el más allá.

El célebre historiador griego Heródoto de Halicarnaso, que visitó Egipto a mediados del siglo V a.C., subrayó que «los animales domésticos eran abundantes» y dio testimonio de la gran desolación que la muerte de una mascota producía entre los habitantes de la casa; éstos se depilaban las cejas en signo de aflicción cuando moría su gato, y se afeitaban todo el cuerpo, incluida la cabeza, si el que moría era un perro.

En el Decreto de Micerino (Dinastía IV del Imperio Antiguo de Egipto) en la inscripción de Debhen se dan las órdenes para el entierro del perro del Faraón:

“El perro guardián de Su Majestad. Abuwtiyuw es su nombre. Su Majestad ordenó que se le enterrara, que se le diera un ataúd de la Hacienda Real, lino fino en gran cantidad e incienso. Su Majestad dio ungüento perfumado y [ordenó] que se construyera una tumba para él por los albañiles. Su Majestad hizo esto para él, con el fin de que pudiera ser honrado “.

En la actualidad se han podido descifrar los nombres de los antiguos perros egipcios representados en estelas, relieves y en preciosos collares. Entre  estos nombres destacan algunos como “El Valiente”, “Confiable”, “Buen Pastor”, “Viento del Norte”, “Antílope” e incluso “Inútil”. Algunos nombres tienen su origen en el color del manto de los perros, como “Negro”, mientras que a otros perros se les ponen nombres de números, como “El Quinto”.

Muchos de los nombres que llevaban los perros en Egipto representan muestras de cariño, mientras que otros transmiten las habilidades o capacidades de los perros. Sin embargo, igual que en la actualidad, se hacían referencias negativas a los perros debido a su naturaleza como siervos de los hombres. Algunos textos incluyen referencias a los presos como “el perro del rey”.

A la inversa, el perro también podía convertirse en un ser despreciado por ese sometimiento, y su conducta servil, y era considerado sinónimo de esclavo, de una cosa animada.

Los enemigos prisioneros, ante los faraones victoriosos, fueron más de una vez obligados a repetir la frase “Nosotros somos en realidad sus perros”.  Similar calificación se la adjudicaría un artesano, que vivió en la desértica aldea de Deir-el-Medina, cerca de Tebas, quien por un error en su trabajo, dijo: “El buen faraón debiera tratarme como a los perros callejeros”.

Criados en caniles de paredes de adobe que se construían separados de la casa, el cuidado y entrenamiento de los perros era asignado a personas especializadas en el oficio. Los adiestradores caninos según hallazgos recientes, poseían incluso una organización sindical propia.

Los egipcios contaban con campos de recreo para sus perros, donde los adiestradores los soltaban a fin de que, en juegos preparatorios, buscaran y trajeran cebos de cuero de conejo o de antílope.

Es evidente que el perro era una parte importante de la sociedad y de la cultura egipcia, pero también lo era en la antigua Grecia. El perro aparece en la literatura griega desde el principio con la figura del perro de tres cabezas, el Can Cerbero quien guardaba las puertas del Hades.

Un ejemplo de esto en el arte es la cerámica de figuras negras que representan a Hércules y Cerbero en una hidria que data de 530-520 a.C. (vasija que actualmente se encuentra albergada en el Museo del Louvre en París). En Grecia, igual que en la antigua Sumeria, el perro es asociado con la diosas y ambas diosas, Artemisa y Hécate poseían perros (Artemisa tenía perros de caza, mientras que Hécate tenía perros molosos de color negro).

Proserpina, Plutón y el Can Cerbero, guardián del inframundo Foto cortesía de: Egisto Sani http://www.flickr.com/photos/69716881@N02/

Proserpina, Plutón y el Can Cerbero, guardián del inframundo
Foto cortesía de: Egisto Sani
http://www.flickr.com/photos/69716881@N02/

Se denomina escuela cínica (del griego κύων kyon: ‘perro’, denominación atribuida debido a su frugal modo de vivir) a la fundada en la Antigua Grecia durante la segunda mitad del siglo IV a. C.,  y a sus seguidores se les llamaba “Kynikos” (similar al perro), en parte debido a su determinación de seguir un solo camino con lealtad y sin desviarse.

El gran filósofo y fundador de la escuela cínica, Antístenes enseñaba en una localidad conocida como Cinosargo (el lugar del perro blanco) y esto, tal vez, es el origen de su nombre.

Probablemente el perro más famoso de la historia de la antigua Grecia fue Argos, el amigo fiel del rey Odiseo de Ítaca del (Libro XVII de la Odisea de Homero, 800 a.C.).

El héroe Ulises llega a casa después de estar ausente durante veinte años y, gracias a la ayuda de la diosa Atenea, no es reconocido por los hostiles pretendientes que tratan de ganarse los favores de la esposa de Ulises, Penélope, para casarse con ella. Argos, sin embargo, reconoce de inmediato a su amo, y mueve la cola en señal de saludo.

Al llegar a las puertas de su palacio, Odiseo vio con enorme tristeza a su viejo perro Argos, el cual yacía sobre un cerro de estiércol. Odiseo mismo había tomado con sus manos a este hermoso animal cuando todavía era un cachorro, poco antes de partir hacia Ítaca y sus ojos se llenaron de lágrimas al verlo en tan lamentable situación.

El noble animal fue capaz de levantar su cabeza y ver a su querido amo y lo reconoció inmediatamente, a pesar del tiempo transcurrido. Con las pocas fuerzas que le quedaban, Argo pudo bajar las orejas y mover la cola en señal de reconocimiento y cariño hacia Odiseo, para luego morir con la felicidad de haber visto nuevamente a quien también era su rey.

En esto, como en la historia en el Mahabharata, la legendaria lealtad de los perros está representa exactamente de la misma manera. Aunque separados por diferentes culturas y cientos de años, el perro sigue siendo la figura leal, fiel a su amo, tanto si éste le devuelve esa devoción, como si no.

En la antigua Roma, al perro se le percibe de la misma manera, y el famoso mosaico Cave Canem (Cuidado con el perro) es una excelente muestra del aprecio que se le tenía a los perros en la antigua Roma donde eran utilizados como guardianes de las casas igual que lo habían sido en las culturas anteriores y siguen siendo hoy en día.

El gran poeta latino Virgilio, escribió: “Quien tiene perros guardianes nunca deberá temer a los ladrones de medianoche” (Geórgicas III, 404), y en un pasaje digresivo sobre el poder del amor en el reino animal en su Libro III “Las Bucólicas”, cita la famosa sentencia “Amor omnibus idem”, “el amor es igual para todos”, donde trata sobre los cuidados que requiere el ganado, y la atención a los perros guardianes en la vida rural.

También el escritor y militar Marco Terencio Varrón, en su obra sobre la vida en el país, (De Rerum Rusticarum I.21) comenta que cada familia debería tener dos tipos de perros: un perro de caza y un perro guardián.

A los largo de la historia, y desde los albores de la humanidad las antiguas civilizaciones que surgieron en el Valle del Indo, los antiguos sumerios y los egipcios, mantenían lazos profundos de afecto y de trabajo con sus perros y, como se ha visto, estos vínculos también era comunes en los tiempos de la antigua Grecia y Roma.

Los antiguos griegos pensaban que los perros eran auténticos genios. Platón se refirió al perro como un “amante de la educación” y una “bestia digna de admiración.”  Sócrates (según Platón) también era aficionado a los canes, llamando al perro, “un verdadero filósofo”.

Miguel de Cervantes Saavedra escenificó la conversación entre dos perros, llamados Cipión y Berganza en uno de sus relatos pertenecientes a sus “Novelas Ejemplares”, titulado “El coloquio de los perros”, que se puede leer aquí.

Mientras que otros animales han sufrido cambios radicales en la forma en que han sido percibidos a través de la historia (sobre todo los gatos), el perro se ha mantenido siempre como un constante compañero, amigo y protector, y ha sido retratado de esa manera a través del arte y en los escritos de todas las culturas antiguas.

Fuente:  “Dogs in the Ancient World”,  escrito por  Joshua J. Mark 

 

Bibliografía: Dioses y bestias: animales y religión en el mundo antiguo. Eduardo Ferrer Albelda. Universidad de Sevilla, 2004.

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