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domingo, 15 octubre, 2017
HomeHistoria del perroLa caza en la Edad Media

La caza en la Edad Media

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Fotografía cortesía de: Heidi Dubourgh Pedersen http://www.flickr.com/photos/klinkekula/

Fotografía cortesía de: Heidi Dubourgh Pedersen
http://www.flickr.com/photos/klinkekula/

Cazadores en la Edad Media

Que duda cabe, que la asistencia en la caza ha sido uno de los motivos principales por el que el perro ha acompañado desde la noche de los tiempos al hombre.

Durante la dominación romana en Europa, comenzaron a expandirse las tribus bárbaras en todas direcciones influyendo en los sistemas de vida en las zonas donde se asentaban al contacto con los civilizaciones anexionadas. Según algunos historiadores, la dominación romana aportó pocos cambios a las costumbres de caza germanas.

Y es seguro que los legionarios llevaron a Roma muchos perros alemanes para utilizarlos en su país, de la misma manera que habían importado de los países del Este los molosos destinados a los juegos circenses.

Durante la época en que las hordas y las naciones germánicas se establecieron en Italia septentrional, se confirmó una vez más el concepto de la libertad absoluta de caza que imperaba en la sociedad germana. Las leyes de los invasores germánicos no limitaban en absoluto el ejercicio de la caza, sino que, por el contrario, garantizaban su libertad, castigando severamente el hurto de todo lo que podía tener relación con la caza.

Las leyes de los burgundios del año 500 establecían penas para los ladrones de perros y de aves de caza decretando, en caso de desobediencia, la indemnización por daños y perjuicios, e idénticas disposiciones se encuentran en la Lex visigotorum, promulgada por el rey Recesvinto y publicada en el año 1579 en París en el “Codicis Legum Wisighotorum Libri XII”.

En la Ley Sálica de 511, promulgada por Clodoveo I   no se establecen medidas para limitar la caza y, siguiendo las  mismas directrices de la anterior, establece penas para los hurtos de perros y aves de cetrería.

Sin embargo, a partir del edicto de Rotario, promulgado el 22 de noviembre de 643 por el rey de los lombardos,  se establecen por primera vez limitaciones legales haciendo distinción entre las tierras de los reyes y los príncipes, en las que no existía el derecho de caza, y las tierras comunales privadas, donde todos gozaban de libertad.

En aquella época se empleaban muchos perros, y hubo príncipes que llegaron a poseer hasta un centenar de perros. Eran animales toscos que estaban degenerados por los múltiples cruces, y que mostraban las huellas de sus combates y tenían el cuerpo lleno de cicatrices, sólo obedecían al látigo, y eran parcamente alimentados para que cazasen con más ímpetu, movidos por el hambre, ya que eran alimentados con los despojos de la caza.

Durante la primera mitad de la Edad Media no había demasiada pasión por la caza, que para la mayor parte de la población no era más que una manera de buscar alimento. Esta afición era más bien cosa de reyes y príncipes, quienes tras la caza organizaban festines pantagruélicos a los que era invitada la nobleza local.

Quienes sufrían tremendos castigos, eran los cazadores furtivos y ladrones de perros y halcones. Una ley borgoña decretaba que el acusado de robar un perro tenía que aparearse con el animal en presencia de una asamblea convocada especialmente para el evento. En Alemania, la muerte por descuido de un perro, traía consigo que el responsable fuera puesto en la picota durante tres días en la plaza pública.

La nobleza y la caza

En Francia, la importancia de la caza siempre había sido muy grande, e incluso, desmesurada. Esto se debía al fausto de que estaban rodeados estos eventos y a la forma en que la nobleza estableció sus fundamentos, que confundían y mezclaban la pasión innata del cazador con la aureola que tanto gustaba a la nobleza, de ponerse para afirmar sus privilegios, su magnificencia y su rango.

Luis XI, un gran aficionado a la caza, organizaba largas y enormes cacerías, acompañado por la nobleza, aunque poco antes de fallecer y visiblemente arrepentido por los excesos cometidos, retiró el privilegio de caza a la nobleza.

Él fue quien al volver a Tierra Santa, trajo los perros grises de San Luis, hoy conocidos como Weimaraner. Gran aficionado a los perros, efectuó cruces para mejorar sus jaurías.

De modo que cruzó su sabueso predilecto, Suillard, con una perra de Ana de Borbón, Baude, iniciando con ello una raza de podencos excepcionales que pertenecieron exclusivamente a la familia real. Cuidados en las perreras de la abadía de Audian, en las Ardenas, estos canes dieron origen a los famosos “vendeanos”, llamados también “grandes perros blancos de Su Majestad”.

La historia cuenta también que el rey Enrique III gastó auténticas fortunas en el cuidado de sus perros, y su afecto por estos animales, que le distraían del ejercicio de sus funciones, llegó a parecer casi ridículo.

Su sucesor, Enrique IV, también fue un apasionado de la caza mayor, y desdeñando la caza menor, dictó severas normas para protegerla, prohibiendo el uso de lebreles españoles y portugueses, que, durante las batidas hacían auténticos estragos en las liebres, codornices y perdices.

Este monarca empleaba perros gascones, enormes molosos adiestrados también para la guerra, iguales a los que años antes, había adquirido Carlos V para su ejército.

Durante la Edad Media, Carlos I de Anjou, seleccionando sus perros, creó el Setter Gordon, y su hijo, Carlos II Estuardo, el Beagle, perro capaz de levantar cualquier pieza, por espeso que fuera el bosque.

Con la introducción de los métodos continentales de caza en Inglaterra,  es decir, de los cercados, cesó la necesidad de emplear perros, y estos excelentes auxiliares fueron criados para hacer compañía a sus amos en los parques y en las mansiones, más que para cazar.

Sólo después de 1600, con la reanudación de las cacerías de ciervos y zorros, volvieron a formarse jaurías, y los perros recobraron su función primitiva.

Las armas de fuego hicieron que los insulares se aficionasen a la caza menor y los setters aprendieron la “muestra”, que, gracias a un cuidadoso adiestramiento y una selección rigurosa por parte de los cazadores, llegó a ser la característica más apreciada de esta raza.

En Italia, todos los Médicis fueron cazadores, y Bernabé Visconti llegó a tener una jauría de 5.000 perros. Cegado por su pasión, hizo condenar a muerte a más de cien personas por vulnerar las normas que había impuesto en su territorio. Por otra parte, el duque Gian Galeazzo Sforza tenía más de 1.000 perros y cien halcones que le acompañaban no sólo en sus cacerías, sino también en sus desplazamientos.

Los primeros experimentos con guepardos traídos a Italia por el duque Galeazzo se realizaron en Lombardía, gracias a los Visconti. Este animal fue introducido como auxiliar en la caza y posteriormente fue introducido también en Francia por mediación de la corte del mismo Visconti. El duque de Clèves lo vio por primera vez durante unas cacerías organizadas en los parque de Pavía y de Milán por Bernabo Visconti.

El felino era llevado por su dueño, Gian Galeazzo. Estos parques, famosos por la cantidad de caza que albergaban, fueron visitados por el emperador de Alemania, Maximiliano en 1496, con motivo de una cacería dada en su honor. Espantado al ver docenas de perros destripados por los jabalíes, decidió retirar los suyos.

La cacería ofrecida por el Papa Paulo II a Hércules de Este, con ocasión de su viaje a Roma, fue un acontecimiento histórico. Hércules II, recién coronado señor de Ferrara, se presentó con 320 perros, 260 halcones y 500 hombres a su servicio para la ocasión. Cuentan las crónicas que para la manutención de los perros, se gastaban doscientas toneladas de trigo al año.

Es natural que si el Papa cazaba, no se privasen de ello tampoco los prelados y los cardenales, por lo que la persecución de la caza era constante en toda Italia. Sólo en Piamonte, en contraste con otras provincias, observaba ciertas reglas de protección y evitaba en su territorio, las matanzas que se realizaban en las demás regiones y, principalmente, en Lombardía.

En el año 1180, el Rey Sancho VI de Navarra ordenó redactar el “Código de Monterías”, donde menciona que las especies más valoradas eran el oso y el jabalí. Una de las características que se mantienen con el tiempo es la utilización de perros de caza, aunque a lo largo del tiempo han ido cambiando las razas utilizadas en cada época.

En la Edad Moderna se sigue asimilando el término montería con la caza mayor. Esta caza sigue siendo privilegio de los estamentos altos en las sociedades actuales, aunque con la llegada de movimientos sociales para la protección de los animales, este tipo de prácticas se irán dejando de lado en un futuro próximo.

 

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